Un disparo en el bosque


Este relato es un adelanto de mi primera novela titulada Zipote.

    Una silueta se dibujó en el horizonte de un frío atardecer de noviembre. Un hombre, cuyo rostro se ocultaba bajo una capucha de aspecto andrajoso, oteaba la llanura sobre la que se extendía la vasta ciudad de Loia. 
Su gesto torcido no auguraba ni honores ni prebendas a los habitantes de aquella urbe. Ni siquiera su barba lacia y rojiza podía ocultar su desagrado al descubrir las primeras evidencias de los esclavos del sombrero de paja. Se miró las manos, aquellas que habían librado tantas batallas, e identificó cada una de las laceraciones que contribuían a dibujar aquel mapa de carne. Todas ellas resultado de algún enfrentamiento con aquellas bestias inmundas.
Había atravesado continentes persiguiendo a las criaturas, dándoles caza, exterminándolas una a una, como un hombre que intenta demoler una montaña con tan solo la ayuda de un pico y una pala. Tocó con su mano enguantada la cicatriz que atravesaba su ojo izquierdo verticalmente, recorriéndola desde la frente hasta la mejilla.
En el valle, la ciudad de Loia permanecía ajena a la presencia del Cazador. Como un rebaño de ovejas, sus habitantes pacían por las calles sin imaginar que les acechaba una manada de lobos.

Ocho horas


    Fui obligado a regresar al trabajo. Caminé a través de un pasillo largo y estrecho, de paredes grises y sucias. Un par de tuberías metálicas, pintadas de rojo, trascurrían pegadas a la pared como si indicasen el camino a seguir a los trabajadores.

   De pronto me fui consciente de que estaba rodeado de gente mal encarada, que tenía a su alcance  sierras, cuchillos, mazas y clavos.

   Alguien toco mi hombro y me sobresalté. Lo hice sin querer, pero mi encargado terminó con un clavo en la garganta. Un chorro de sangre regó mi rostro como si fuera césped sediento. Era cálida y sentí cierto placer depravado cuando se deslizaba hacia mi cuello, como un torrente de agua y barro.