Junto al muelle


    La vida puede ser tan monótona unas veces, y otras cambiar tan rápido, que nos pilla a contra pie. Esta tarde estoy aquí, junto al muelle, esperándola. Esperando volver a ver esa sonrisa dulce que le dibuja dos hoyuelos en esa cara plagada de pecas.

   Esta mañana Pedro, un compañero de clase, un abusón de manual, me tenía agarrado por las solapas de mi cazadora. No le gustaba como la había mirado. Pero Pedro no es ni siquiera su novio, aunque eso para un matón tampoco importa demasiado. Ella cruzó el pasillo y nos miró. Pedro me soltó. Vi como enrojecía por la vergüenza, hasta un engreído como él sabía que ya no tendría ninguna oportunidad con ella.
   
    Al salir del instituto yo caminaba con la cabeza gacha y arrastrando los pies. Tropecé sin darme cuenta con alguien, o ese alguien tropezó conmigo. Pedí perdón mecánicamente y seguí con mi taciturno caminar. Metí las manos en los bolsillos, y mi mano derecha encontró un papel. Era una pequeña nota con dos dobleces, lo extendí y encontré un mensaje breve pero intenso Te espero a las ocho junto al muelle. Levanté la cabeza buscando algún rostro conocido entre aquel mar de caras. La encontré mirándome, mientras su pelo ondulado era agitado por el viento. Nuestros ojos se cruzaron y me dedicó una fugaz sonrisa. Luego su amiga reclamó su atención y siguieron caminando juntas, calle abajo, envueltas por el júbilo y las risas.

    Debí acercarme a ella. Debí susurrarle al oído un “allí estaré”. Creo que nunca aprenderé, mis errores han sido y serán siempre por omisión.

    Ya son más de las ocho, empiezo a pensar que tal vez no venga. No creo que pueda mirarla a los ojos una vez más si no aparece. Pero como ya he dicho, la vida puede cambiar en un segundo. Oigo acercarse unos pasos entre la oscuridad. Unos pasos que caminan con calma, que saben que todavía estoy aquí y que no quieren precipitarse. Los pasos se detienen, y escondida entre la negrura de la noche una voz me habla.

    ─Pensaba que no vendrías.

    La voz de Pedro me ha acuchillado el corazón. Disculpad que ahora no os relate mi muerte.
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