Alma

 
    Ayer cuando la vi, creí descubrir en sus ojos un grito de socorro. Fue algo tan nimio e inconsistente que culpé de ello a mi siempre inquieta imaginación. Más tarde el extraño brillo de aquellos ojos volvió a visitarme, esta vez en la placidez de mi hogar. No quiero decir que me visitase ella, fueron tan solo sus ojos. Sentí su mirada clavada en mi nuca, como un puñal amenazante, y sin embargo, no irradiaban odio ni maldad. No salía de mi asombro ¿Cómo podía ver sus ojos si estaban detrás de mí?
 
    Me di la vuelta y descubrí cierta familiaridad en ellos. Eran unos ojos comunes, como tantos que había visto incrustados en un rostro humano, solo que estos flotaban en el vacío. Los juzgue vacuos e inexpresivos, excepción hecha de aquel aroma a desamparo. Me levante de mi asiento y paseé alrededor suyo, con las manos cogidas tras la espalda, con actitud inquisitoria, casi científica. Por motivos obvios no intenté entablar conversación con aquel par de huevos fritos. Pero recordé aquel dicho popular “los ojos son el espejo del alma”. 

    Fui hasta mi escritorio y desempolvé mi vieja lupa. La acerqué a los ojos flotantes con renovado interés.  Fue extraordinario descubrir, que como cualquier el ojo humano, estaba construido de fibras, nervios y líquidos. Me pregunté donde serían interpretadas las imágenes captadas por las retinas, si serían conscientes de mi presencia, o si flotaban en medio de mi salón por puro azar del destino.

    Pasé a examinar la pupila. Lo primero que llamó mi atención fue que estaba más dilatada que las mías. Estaban encendidas todas las lámparas, y no había motivo para tal dilatación. Se me ocurrió pensar, que tal vez, sus pupilas no se dilatasen ni contrajesen. Si esos ojos no estaban conectados a un sistema neuronal que procesase las imágenes, tampoco sería necesario modular la cantidad de luz.

   Algo pareció moverse dentro de la pupila. Acerqué más la lupa a aquella zona, y quedé horrorizado. Dentro de aquellos ojos estaba yo, o mejor, una réplica mía, golpeando la retina con el puño desnudo, y gritando a pleno pulmón que le ayudara.
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