Leyenda de un deceso

    
    Era casi media noche cuando apareció la figura de un hombre arrodillado junto a una tumba reciente. De la bruma que rodeaba el cementerio escapaban los sollozos marchitos de la soledad. Fidel era consciente de su desesperada situación. Ahora que se había hecho pública su condición sexual nadie le contrataría, su carrera como arquitecto había terminado, y lo que era todavía peor, no estaba capacitado para ejercer ninguna otra profesión.   
    Sus ahorros se evaporaron en pocas semanas como el agua de un charco, y se vio abocado a la mendicidad para poder sobrevivir. Fueron meses de frío en los huesos y rugidos en el vientre, hasta que un día su suerte cambio.

Junto al muelle


    La vida puede ser tan monótona unas veces, y otras cambiar tan rápido, que nos pilla a contra pie. Esta tarde estoy aquí, junto al muelle, esperándola. Esperando volver a ver esa sonrisa dulce que le dibuja dos hoyuelos en esa cara plagada de pecas.

   Esta mañana Pedro, un compañero de clase, un abusón de manual, me tenía agarrado por las solapas de mi cazadora. No le gustaba como la había mirado. Pero Pedro no es ni siquiera su novio, aunque eso para un matón tampoco importa demasiado. Ella cruzó el pasillo y nos miró. Pedro me soltó. Vi como enrojecía por la vergüenza, hasta un engreído como él sabía que ya no tendría ninguna oportunidad con ella.

Alma

 
    Ayer cuando la vi, creí descubrir en sus ojos un grito de socorro. Fue algo tan nimio e inconsistente que culpé de ello a mi siempre inquieta imaginación. Más tarde el extraño brillo de aquellos ojos volvió a visitarme, esta vez en la placidez de mi hogar. No quiero decir que me visitase ella, fueron tan solo sus ojos. Sentí su mirada clavada en mi nuca, como un puñal amenazante, y sin embargo, no irradiaban odio ni maldad. No salía de mi asombro ¿Cómo podía ver sus ojos si estaban detrás de mí?