La piedra azul

  
  Una maraña de pensamientos, eso era mi vida. Un ir y venir de ideas disolutas que no me llevaban a ningún sitio. Me encerraba en casa y y cuando era de día no me quedaban fuerzas ni para subir las persianas. Tampoco hacía el esfuerzo de encender la luz, así que me quedaba quieto en la oscuridad. Muchas veces perdía la noción del tiempo. Comía a deshora, y si no había nada en la nevera ayunaba hasta que alguno de mis hijos me traían algo. Aireaban la casa, me daban de comer y me contaban alguna anécdota de su trabajo. Pura cháchara. Luego se iban por donde habían venido y yo me volvía a quedar solo, esta vez a plena luz del día.

    Un día bajé a la calle, no podría explicar muy bien el porque. Me costaba caminar y los pies y las rodillas me dolían. Llegué hasta un solar que llevaba muchos años abandonado, uno de esos hijos de la crisis que quedaron huerfanos cuando papa constructor desapareció. Me dediqué a contemplarlo un buen rato, era agradable sentir como los rayos del sol golpeaban mi piel calentándola como un filete en una sartén. Entonces vi algo brillando entre el mar de guijarros, me acerqué hasta que pude alcanzarlo con la mano. Se trataba de una piedra de color azul, no tenía una forma definida, era simplemente una piedra como otra cualquiera, solo que esta reflejaba la luz. Era fascinante, no sabría explicar muy bien porque. La guardé en el bolsillo e hice otro esfuerzo por avanzar hasta el final de la calle.

    Desde aquel día todos los días bajaba a pasear, cada día un poco más rápido, cada día un poco más lejos, y cada día con la piedra azul en el bolsillo. Y comencé a hablarle. Le hablaba a una piedra, tan ridículo como suena. Le hablaba a todas horas, cuando me preparaba el desayuno, cuando limpiaba la casa, cuando levantaba las persianas, cuando paseaba por la calle. Cualquier momento me parecía adecuado para dejar escapar de mi cabeza esos pensamientos que antes quedaban retenidos creando una maraña que me dejaba paralizado. Así que seguí hablándole sin importarme si me miraban como a un loco. Pensé en ponerme uno de esos auriculares para el móvil, para dar la impresión de que hablaba por teléfono. ¿Pero a quién le importa lo que piensan de un viejo? Creo que incluso disfrutaba siendo el loco del barrio, un papel que no está al alcance de todo el mundo. Ahora que ha pasado el tiempo no se lo recomendaría a nadie, pero en aquel momento me pareció estimulante.

    Los rumores llegaron a mis hijos. Debí de haber pensado en eso, pero es ya tarde para arrepentirse. Un día vinieron a mi casa y me sentaron en el sofá. Me explicaron con grandes gestos de cariño que lo mejor para mí era internarme en un asilo. Claro, alguién que habla con una piedra podría hablar también cualquier día con un semáforo, o con un coche.

     Así que me quitaron la piedra, incluso los semáforos y los coches. Ahora mis pensamientos no pueden escapar de mi cabeza.

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