Cementerio de animales


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    La campanilla tintineó al abrirse la puerta de la tienda. Las pajareras se agitaron lanzando una nube de plumas y graznidos. En el umbral apareció un niño de unos nueve años. Era bajo para su edad, vestía pantalón corto, y tenía las rodillas manchadas de barro.
    ─¿Qué te trae hoy por aquí?
   ─Hola señor Tibli, quería comida para Obispo. He estado buscando algún bicho que darle en el parque, pero no he encontrado nada ─ dijo encogiéndose de hombros.
    ─Estupendo, tengo unos grillos por aquí detrás que seguro que le gustarán. Me los trajeron ayer por la tarde, así que todavía son casi salvajes.
    Tomi ya no le escuchaba, se había acuclillado frente a una vitrina que formaba parte del mostrador. Alumbrados por una luz verduzca había tres insectos que no había visto jamás. Eran extraños de forma sutil. Tal vez por su color, algo más brillante de lo habitual en un insecto, o por la forma de su cuerpo, más alargada que la de los escarabajos comunes.

El viejo y el niño


    El viejo empujó al niño contra el abismo, estaba furioso. Sus cejas cimbreaban como un bosque de abetos azotados por el invierno. Sus fosas nasales se abrían y se cerraban, y se volvían abrir. Parecían dudar entre dar aire a aquel cascarrabias o ahogarlo en su propia ira. Blandía un palo recio y nudoso, tal vez lo guardaba desde sus tiempos de pastor, pensó el niño. El niño con sus manitas apretadas no podía hacer otra cosa que temblar. Su garganta era un pozo seco tras una larga sequía. En su inocencia pensaba que sus lágrimas la habían secado. Que ya no quedaba más agua en su cuerpo con la que regar su voz, y que no podría volver a hablar hasta que bebiese un buen trago.

La piedra azul

  
  Una maraña de pensamientos, eso era mi vida. Un ir y venir de ideas disolutas que no me llevaban a ningún sitio. Me encerraba en casa y y cuando era de día no me quedaban fuerzas ni para subir las persianas. Tampoco hacía el esfuerzo de encender la luz, así que me quedaba quieto en la oscuridad. Muchas veces perdía la noción del tiempo. Comía a deshora, y si no había nada en la nevera ayunaba hasta que alguno de mis hijos me traían algo. Aireaban la casa, me daban de comer y me contaban alguna anécdota de su trabajo. Pura cháchara. Luego se iban por donde habían venido y yo me volvía a quedar solo, esta vez a plena luz del día.