Plaga


Todos mis amigos y conocidos se asombrarían, no quiero utilizar palabras más soeces, de encontrarme sentado en esta silla cochambrosa dispuesto a cortarme las venas, con un cuchillo no menos mugriento. ¿Qué importa eso? A estas alturas no me preocupa morir de una infección.  Tal vez no conozcáis la plaga, pronto la conoceréis. No ha dejado de extenderse desde que Martín Heredia estropeara la moqueta del despacho de la sucursal del Santander que dirigía. Lo encontraron tirado en el suelo, rodeado por una gran mancha de sangre que había brotado de alguna parte de su cuerpo. Fue un espectáculo dantesco, la señora Expósito entró en el despacho y sus gritos irradiaron de locura la sucursal.
Un mes antes yo había creado una cuenta de Facebook. No me interesaba lo más mínimo esta red social, pero la presión que ejercieron de mis amigos terminó por provocar este desastre. Llevaba apenas una semana aceptando cualquier invitación de amistad que me llegase. Entré en mi cuenta un martes, no era día trece ni nada, era tan sólo un martes, y descubrí divertido una invitación. Era la primera vez que leía un nombre que me llamaba la atención. Hasta ahora todo habían sido tomasesgiles85 y cosas por el estilo. Pseudónimos sin verdadera alma, y que desde luego no habían tardado mucho tiempo en discurrir. Este fue diferente, casi refrescante. Intenté hurgar en su perfil, pero solo pude acceder a su foto de portada. Era un dibujo atrayente, sobre un fondo oscuro, casi negro, serpenteaba una hilera de color rojizo formado por una especie de gránulos. Era bello y los colores combinaban de maravilla. Deseé conocer más sobre aquel perfil. Pulse “Aceptar amistad”. “Ahora eres amigo de S666” respondió Facebook.  Entonces recibí una llamada y tuve que salir.

Olvidé durante varios días Facebook. La verdad es que sigue sin atraerme en lo más mínimo. Es posible que me estuviera perdiendo la foto de algún perrito, o un lema estupendo que nunca nadie se empeñará en cumplir. El sábado volví a conectarme, intenté entrar en el perfil de S666 pero tampoco pude. Confieso que me sentí un poco estafado, aquel perfil prometía, y yo me había creado ciertas espectativas sobre su dueño. No sé muy bien que esperaba de él. Ahora que echo la vista atrás juraría que había algo de hipnótico en él. Durante los siguientes días me conecté apenas llegaba a casa, me sentaba delante de la pantalla y la contemplaba hasta altas horas de la madrugada. Lo único que hacía, aparte de mirar la imagen, era aceptar nuevas solicitudes de amistad. Ya no me molestaba ni en leer los nombres. Todos eran bienvenidos a mi madriguera virtual, todos hasta que alcancé los 666 amigos.

No me di cuenta inmediatamente, pero mi foto de perfil había comenzado a transformarse. Una hilera de color rojizo serpenteaba tras la imagen de mis vacaciones en Ibiza que yo usaba como cabecera de mí cuenta. Me pareció una simple curiosidad, más bien una gran curiosidad ahora que lo analizo con perspectiva. Desde entonces no pude agregar a más amigos a mi cuenta. Tampoco me importó mucho, tenía “amigos” más que suficientes. Solo nos faltaba conocernos para formar una gran familia feliz. Muchos de ellos me eran familiares, personas que había visto por la calle, incluso algún ex compañero de colegio, muy pocos a los que yo pudiera llamar realmente amigos.

Fue un jueves, uno cualquiera, hacía frío y me pasé la tarde en el sofá viendo la tele, saltando de una cadena a otra sin que nada me interesase. De pronto atrajo mi atención una foto que estaban mostrando en las noticias, me resultaba familiar.

La plaga había comenzado a extenderse. Estuve varios días sin conectarme, pensé que tal vez así la plaga se detendría. También intenté dejar mis amistades en Facebook. No fue posible. Tampoco conseguí borrar mi perfil. Ahora entiendo que fui muy inocente, y que todas esas personas iban a morir.

Colgué todos sus nombres en un tablón, y los fui tachando según la plaga se los fue llevando. La cantidad de nombres tachados era sobrecogedora, y cada día ponía una raya sobre algunos más.

Si mi familia conociera mi historia me entendería, incluso se apiadaría de mí. Si la conocieran… Pero lo único que conoce es que todos mis contactos de Facebook están muriendo, que tengo una lista con sus nombres en una pared de mi casa, y que tacho los nombres de los que fallecen. Lo sabe la policía. El demonio de Facebook se lo dijo, ¡lo sé! Me ha tendido una trampa, ¡¿por qué no pueden verlo?!   

Entraron en mi casa antes de que pudiera usar aquel cuchillo mugriento, ¿qué importa que fuera mugriento? Era un cuchillo, y basta. Y en aquella lista de amigos de Facebook todavía queda un nombre sin tachar. El mío.
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