Zicatrizes, libro 2º, capítulo II: Zervezas



- ¿Qué estuviste haciendo ayer? Es peligroso salir de día, ¿sabes?

- Ah nada, buscaba un poco de intimidad. Últimamente pasamos mucho tiempo juntos.

- Será eso...

- Claro que es eso, ¿qué insinúas?

- No insinúo nada, pero estás muy raro.

- ¡Bueno vale!, me busqué otro nicho para poder cascármela a gusto, ¿contento?

- Veo que te lo has tomado muy en serio. Si es que yo no sé para que digo nada. Ahora que lo pienso, también estaría bien tirarse de cabeza desde un puente. Eso siendo zombi es lo más.

- No pienso tirarme de un puente, por muy pesadito que te pongas.

- Pues terminaré tirándome  yo un día de estos, ya te contaré que tal es...

- A todo esto, tengo la mano hecha polvo, se ha puesto en carne viva. Bueno, en carne muerta en realidad.

- ¿Y?

- Nada, pero si no piensas hacer nada más con tu mano, podrías jugar un rato a los dados.

- Qué ostia tienes. 

Ben estaba más que harto de las bromas de mal gusto de Víctor. Desde que le había tomado la palabra, y había convertido la masturbación en una adicción, le resultaba insoportable. Siempre con sus bromas sobre partidas de dados, epilepsia y zambombas. Pero había algo que le resultaba todavía más insoportable que Víctor. La soledad. Durante los últimos días había estado rondando su cabeza una idea que le mantenía inquieto día y noche. Debía incorporar algún nuevo miembro a su extraña familia disfuncional, formada por él mismo, y por un fan del onanismo.

- ¿Qué tal llevas lo de ser zombi? Últimamente echo de menos ciertas cosas - dijo Víctor interrumpiendo los pensamientos de Ben.

- No serán las pajas, desgraciado.
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- No hombre, me referia a cosas más profundas. A mi mujer, a las cervezas de los jueves en el Bar Caza.

- Ves, ahí tengo que estar contigo. Yo también echo de menos a tu mujer.

- ¡¿Pero qué cojones dices?!

- Jajaja, tendrías que haberte visto la cara. Luego soy yo el que no tiene sentido del humor. Sabes, yo también echo de menos tomarme unas cervezas. Está claro que no podemos entrar en un bar y pedir un par de jarras. Pero ¿qué me dices de traernos aquí unas latas y ponernos hasta el culo?

- !Un sueño hecho realidad! Pero, ¿de dónde sacamos las cervezas? A parte de que no tenemos dinero para comprarlas, cuando asomásemos el careto por alguna tienda nos darán más palos que a una estera.

- ¡Bah! Eso déjalo de mi parte. Mientras tu estabas dándole a la zambomba, yo aproveché para salir a explorar en busca de oportunidades. Encontré un local donde no sería difícil robar una caja de cervezas. Las guardan fuera del bar, en un cobertizo. Solo habría que saltar un muro de unos dos metros de altura, y las cervezas serían nuestras.

- Me estoy empezando a venir arriba. Vamos para allá, ¡esta noche estaremos borrachos como cubas!

Media hora más tarde estaban ocultos tras unos matorrales. Acechaban como alimañas esperando a que todo el mundo abandonara el bar para colarse en el cobertizo. Cuando estuvieron seguros de que no había ni un alma, salieron de entre la maleza y caminaron tan rápido como les permitieron sus infectos pies.

- Esto me recuerda al día en que fui a ordeñar a...

- ¿A Peggy? - le interrumpió Víctor.

- Sí, a la cerda. Copón, mira que ponerle nombre...

- Pero esto va a estar mejor que el queso sabor jamón.

- Anda, junta las manos y haz fuerza para subirme - dijo Ben al llegar junto al muro -. Luego cogeré una caja y te la paso por encima de la tapia.

Víctor siguió las instrucciones con diligencia, y lanzó a su amigo al otro lado de la pared.

- ¡Joder! ¡Me has arrancado una mano!

- Lo siento, no pensaba que pesase tanto. ¿Te duele?

- Tranquilo, estaba tan podrída que casi se ha caído sola. Además, no es la mano que uso para hacerme las pajas.

- Aquí traigo la caja. Veinticuatro cervecitas para pillar una buena cogorza. ¿Podrás sostener la caja con una sola mano?

- Creo que no, mejor pásame los botes de uno en uno.

Ben lanzó con suavidad las latas por encima del muro intentando que Víctor no perdiera alguna pieza más durante el robo.

- Con esta hacen veinticuatro. Ya están todas, amigo.

- Estupendo, venga vámonos.

- Te vas a reír. Pero mi plan tenía un fallo...

- ¿Cuál?

- No sé como volver a saltar la pared. 

- Una vez más te voy a tener que salvar el culo, eh Ben - repondió Víctor triunfante.

- Sí, tu ganas... solo espero que no tengas que zumbarte a ninguna cerda esta vez. Y si lo haces, por favor, no le pongas nombre.

- Se me acaba de ocurrir algo. Aunque con lo quisquilloso que estás últimamente, no sé si contártelo.

- Venga no me seas mamón, ¿a estas alturas te me pones remilgado? Lo qué sea con tal de que me saques de aquí.

- Está bien. ¿Recuerdas qué en tus tiempos de gigolo zombi destrozabas condones a pares?

- Sí claro... Mi última semana con cipote. Luego solo me quedó meterme el dedo por el culo.

- Pues voy a hacer un agujero en la pared. Creo que mi cipote tendrá bastante potencia. Lo he estado entrenando, ¿sabes?

- No hace falta que me lo jures... Venga, empieza. Pero hazlo en silencio, no quiero tener pesadillas por el resto de mis días.

Después de unos pocos orgasmos, Victor abrió un agujero bastante grande para que Ben pudiese escapar. Recogieron las latas de cerveza en una caja y la llevaron hasta el cementerio que habían convertido en su hogar.

- Que buenas me han sabido las cervezas. Es algo que puedo tachar de mi lista de añoranzas.

- Lo que estoy seguro que no vas a echar de menos va a ser a tu suegra.

- De eso yo también estoy seguro - dijo Víctor entre carcajadas.

- Lo digo porque está detrás de ti.

- Ben, es el primer chiste sobre mi suegra que no ha tenido gracia.

- Lo que te voy a hacer yo a tí sí que no te va a hacer gracia,  imbécil - dijo la suegra de Víctor a sus espaldas.

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