Zicatrizes, libro 2º, capítulo I: Zisne


–  Tuviste una idea cojonuda con lo de los collares – dijo Víctor.

– Lo que es bueno para tu polla es bueno para tu cabeza. Proverbio tailandés.

– ¡Amén!

Había transcurrido una semana desde que el cuñado de Víctor fuera devorado por una jauría de furcias zombis. La enfermedad se había ido extendiendo por el cuerpo de los dos amigos. Su piel se había cubierto de heridas supurantes, y la carne se pudría debajo de ellas.

– Solo espero que no nos explote la cabeza como le pasó a tu verga.

– Lo he tenido en cuenta, por eso me froto el cuello todos los días con hemoal. Quizás si me lo hubiera puesto en el manubrio, todavía podría consolarme matándome a pajas.

– ¡La ostia! No se me había ocurrido. Yo tengo el cuello hinchado como un globo, y fíjate en ti, tienes el cuello estilizado como el de un cisne.

– ¿También lo has notado? Creo que se me está estirando. Pronto pareceré una de esas negras de los documentales que tienen el cuello extra largo, y que se lo sujetan con anillos.

– Imagínate si te lo llegas a poner en el nardo. Habría una cola de zorras en la puerta de tu casa para echar un kiki.

– No me lo recuerdes, que me estoy poniendo enfermo. Recibí una bendición divina, y la cagué. Y ahora debo pagar la penitencia.

– Venga anímate. Tú al menos tuviste una semana para disfrutar del tema, yo no tuve ni eso. Pasé de tragarme tu polla en pedazos a que mi mujer me echara de casa.

– Bueno, será mejor que pensemos en otras cosas, que me estoy poniendo depre.

– Tienes razón. Bueno, yo al menos me reconforto yendo a visitar a mi suegra.

– ¿Y para qué la visitas?
– Me saco la chorra y meo su tumba. Pero de forma artística. Hago dibujos con la orina, aunque siempre le suelto la mayor parte en la cabeza. Me gusta pensar que un poco se filtrará hasta su boca.

– Jajaja qué mamonazo. Como un día se levante te va a arrancar cada trocito de carne podrida que te quede.

Los dos amigos se tumbaron junto a la hilera de cipreses que bordeaba el cementerio del Santo Pastor para contemplar las estrellas. Ben y Víctor se habían ido alejando de la sociedad humana al mismo ritmo que había avanzado la enfermedad en sus cuerpos, y aquel cementerio se convirtió en su hogar. Solían dormir durante el día, escondidos en algún mausoleo, y vivían de noche amparados por la oscuridad.

– ¿Oyes esas sirenas Ben?

Ben se incorporó parcialmente apoyando los codos en el suelo. Irguió la cabeza y olfateó el viento como un sabueso.

Es una redada antizombis, joder.

¿Qué hacemos? ¿Salimos por patas? – dijo Víctor con voz insegura.

No creo que nuestras piernas aguanten una carrera.

Pues estamos jodidos. Sabes, he oído que la poli lleva unas nuevas pistolas.

Sí, el otro día vi como le freían los huevos a un tío. El cacharrito lanza una especie de gancho que está conectado a la pistola por un cable, y  si te pilla... ¡Zaaaasca!

¿Te estruja las pelotas?

Te las fríe...

Suerte que a ti ya se te cayeron, no tienes nada que temer.

Pues a ver si te pillan las tuyas, y esta noche cenamos huevos fritos.

Que poco sentido del humor tienes dijo Víctor.

Se murió cuando aquella zorra me mordió el nabo  respondió lanzando una mirada nostálgica a su entrepierna.

Bueno, ¿entonces qué hacemos?

Podríamos hacernos pasar por góticos. Si nos cubriésemos bien el cuerpo, los polis solo verían a unos tíos raros con correas en el cuello, y con la piel tan blanca como el mármol.

Bah, no sé yo, el otro día casi mato a una mofeta con mi olor a cien metros de distancia.

Ya te dije que te echaras nenuco después de ducharte. Es que no escarmientas. Bueno espabila que tenemos que alejarnos un poco del cementerio antes de que llegue la pasma. En fin, larguémonos ya. Nos vemos aquí cuando amanezca. Y recuerda, eres un gótico.

Ambos se alejaron del cementerio fingiendo normalidad, en busca de algo que hacer aquella noche. Era sábado y Ben decidió dar un paseo hasta Temple, empujado por los viejos hábitos de los que todavía no había conseguido desprenderse del todo.

¡Ben! eres un puto genio macho.

Ya era hora de que lo reconocieras. Pero dime porque lo soy, estoy deseando escucharlo de tus labios.

Eso que me dijiste, que si te hubieses puesto hemoal estarías matándote a pajas.

¿Te has puesto hemoal?

Me he pasado toda la noche dándole a la zambomba.

– ¿Pero te has puesto el hemoal, o no?

– Qué sí hombre, tranquilo. No te vas a quedar solo en este cementerio, además tengo la intención seguir dándole al manubrio mucho tiempo.

– Bueno, dime, ¿qué tal es la cosa?

– Raro, es como si te la menease otra persona.

– Lástima que esa persona sea un zombi. Debería darte repelús, pero bueno, si te has follado a una cerda, no me extraña que tampoco eso no te de asco.

– Ríete lo que quieras, pero si no recuerdo mal, fuiste tú el que fue capaz de trincarse a mi suegra.


0