Wija


Seguro que también tú piensas que la ouija es un juego de niños, que no puede hacer ningún daño, y que su mala fama está forjada por leyendas urbanas. Así lo cree también una empresa de videojuegos. Hace un par de semanas puso en el mercado Wija, el clásico tablero para la Wi. Fui de los primeros afortunados en hacerme con en el juego. Desde niño me tentó aquel tablero de madera envejecida adornado con un alfabeto y unos símbolos extraños.

Había pensado en invitar a unos amigos aquel sábado para estrenarlo. Sería una velada inolvidable. Una de esas con misterio y tensión, que se recuerdan para siempre. Pero yo había aguardado durante demasiado tiempo ya. Una vida de espera era más que suficiente para alguien inquieto como yo.

Pulsé “play” y tras unos rótulos de créditos apareció un tablero con un puntero sobre él. Era precioso, tenía unos acabados magníficos, la textura de la madera era tan real, la tipografía de las letras tan perfecta y adecuada. Me quedé obnubilado delante de la pantalla durante algún tiempo, algunos segundos, minutos tal vez. Luego el tablero pareció llamarme, y reaccioné. Sentí un gran deseo por comenzar el juego, y resultó de lo más curioso.

El puntero se desplazaba sobre el tablero, dirigido cómodamente desde el sofá sin que nadie lo tocase. Yo mismo me había convertido en un espíritu que señalaba las letras a lo largo y ancho del tablero. Me divertí durante un rato haciendo preguntas en voz alta a las que yo mismo respondía en mi papel de espíritu. No las repetiré porque algunas fueron las específicas de este tipo de juegos, y el resto me sonrojarían si se diesen a conocer.

Estaba a punto de dejar el juego cuando una frase comenzó a formarse. Una tras otra las letras fueron encadenándose hasta formar la frase “¿Estás ahí?” Mi primera reacción fue sacudir el mando y darle algunos golpes. Volví a mirar la pantalla, y el puntero estaba de nuevo fijo en el centro del tablero. ¿Habría sido aquello real? Tal vez la imaginación me había jugado una mala pasada, la sugestión es una gran enemiga de la mente humana. Sin embargo, pronto dejé de dudar de mi cordura. El puntero volvía a moverse “¿Hay alguien ahí?” escribió esta en su recorrido zigzagueante. Sentí un desfile de hormigas ascender hasta mi cuello. Estaba tenso, bueno lo reconozco, estaba acojonado.

El maldito juego sabía como sacar a flote mis temores, y la partida acababa de comenzar. Desde luego aquello debía formar parte de la programación, y doy fe de que causaba el efecto deseado. Una vez repuesto del shock inicial opté por participar, y contesté a la pregunta a través de mi mando.

– Sí – respondí.

– Ayúdame, estoy atrapado.

– ¿Cómo?

– In corpore meo porto.

Leí aquellas palabras en voz alta. No supe que responder, ¿qué significaba aquello? El programa parecía haber fallado. El puntero no dejaba de viajar de una letra a otra para formar constantemente la misma frase, cada vez más rápido, como si se hubiese vuelto loco

– In corpore meo porto. In corpore meo porto. In corpore meo porto.

Lo apagué. Pulsé salir, el programa se cerró y vi mi reflejo en el cristal de la pantalla. Pero nuestros sentidos nos engañan algunas veces. No era mi reflejo lo que estaba viendo, sino a mí mismo sentado en el sofá, mirando la pantalla con una sonrisa maliciosa.

Yo quedé atrapado en el televisor, viviendo entre una niebla gris que eriza mis bellos y que interfiere en mis procesos mentales causándome un gran dolor y confusión. Aunque quizás, si la fortuna me concede un respiro, tú también hayas leído esas malditas palabras en voz alta, y dentro de poco creerás estar viendo tu reflejo en la pantalla.
Publicar un comentario