La guillotina


Se abrió de golpe la puerta que daba acceso a la habitación de la colada. De allí salió mamá con cara de enfadada.

– ¿Qué te dije de desmembrar a tus amiguitos Damian?

El niño no supo que decir, odiaba contrariar a su madre, ya que era la persona a la que más admiraba en el mundo.

– Lo siento – terminó por decir con la cabeza gacha.

– Ay hijo mío, nunca aprenderás… Antes de desmenbrarles tienes que cubrirlo todo con plásticos, como te enseñé. No querrás que venga la policía para ver qué has hecho con sus niñitos, ¿verdad?


Luis Cop enrojeció. Era el único hijo de un policía que había en la fiesta, y se sintió avergonzado.

– Mi papá no os molestaría nunca, sabe que sois mis amigos – dijo con una sonrisa que emanaba bondad.

– Lo sé Luis, pero no todos son como tu papá. Hay algunos policías malos que se meten donde no les llaman. Así que venga, antes de jugar a la guillotina poned los plásticos, no se vaya a manchar todo.

– ¡¿La guillotina?! – gritaron a coro todos los angelitos.

Entonces Damian, como anfitrión, descubrió con aire aristocrático una cortina que ocultaba la tan anhelada guillotina.

– Está bien, yo haré de jefe de la revolución y Luis de verdugo. El resto sentaos en las sillas hasta que os llamemos para el juicio.

Todos obedecieron impacientes. Se podía escuchar el aleteo de una mariposa durante la espera hasta que el primer reo fue llamado.

– Manuel, ven al tribunal, por el poder que me ha concedido esta fiesta voy a juzgarte y a castigarte.

Manuel dio un salto, estaba contentísimo por ser el primer seleccionado, al fin tenía suerte en una lotería, y esta era la mejor del mundo. Saludó al juez único del tribunal, y se sentó en la silla de los acusados.

– Manuel, se le acusa de sacarse los mocos en público y de hacer pelotillas. ¿Qué tiene que decir en su defensa? – dijo Damían.

– Pues… pues… estaba constipado y me quedé sin pañuelos.

– Ummh. Ya veo. De todas formas es un delito grave, aunque hay atenuantes. Te condeno a que te corten los dedos que te metiste en la nariz. Verdugo, puede ejecutar la sentencia – dijo tratando de darle un tono solemne a la sentencia.

Todos aplaudieron en sus sillas. Estaban a punto de ver la guillotina en funcionamiento por primera vez. Algunos no pudieron resistir sentados y se levantaron, y se agitaron nerviosos, como cuando se aguantaban el pis en la cola del baño.

Luis cogió la mano de Manuel y la puso en la guillotina, teniendo buen cuidado de que solo le cortase los dedos que usaba para sacarse los mocos.

– ¡Arriba!

Hubo aplausos.

– ¡Abajo!

Hubo vítores.

– Un pañuelo, que alguien me dé un pañuelo – gritó Manuel.

– Mejor una venda para cortar la hemorragia – dijo la madre de Damian desde el fondo de la sala.

– Es para los mocos, ya no me los puedo sacar sin pañuelo.


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