El paciente silencioso


- ¿Dónde crees que vas?

Oliver se había incorporado en la cama cuando escuchó la voz del policía.

- Si quieres levantarte tienes que pedírmelo. Y no te oigo, m-e-m-o.

El muchacho apretó con fuerza los puños. Volvía a sentir aquella presión en el pecho, que tan bien conocía. Trataba de reunir la energía necesaria para golpear a aquel gordinflón, que vestía el uniforme azul marino de la policía. Sabía que solo así la presión desaparecería, que esa era la única vía de escape.

Desde que recobrara la consciencia, no había dejado de fastidiarle. Su verborrea era asombrosa, sobrehumana. No había dejado de parlotear ni un solo minuto desde que había comenzado su turno de guardia. Aunque, en realidad, Oliver no estaba del todo seguro sobre esto. Los medicamentos no le permitían estar lúcido, y tal vez, su mente hubiese rellenado los momentos de silencio, con aquella irritante voz. De todos modos, aquella bola de sebo era la responsable de su perpetua cefalea. Oliver intentó ponerse de pie, pero su trasero fue devuelto al colchón, tan deprisa como se había despegado de él. Dani lo empujaba con la porra contra la cama, apoyándola en las gasas que cubrían la herida de bala de su hombro.

- Eres un cerdo, estás dejando la cama perdida. Solo tenías que pedirme permiso para ir al baño - Dani el gordo no podía dejar de reír. Delante suyo tenía a uno de los más peligrosos asesinos en serie de la historia, y ahora se estaba orinando en la cama, como un bebé -. Sonríe Oliver, que voy a inmortalizar este momento - un destello iluminó la habitación, que se protegía del sol tras unas tupidas cortinas color beige -. ¡Estupendo! Voy a subirla a Instagram. Tendré más visitas que Justin Bieber, sí señor.

Oliver desconectó su sentido auditivo, y la voz de Dani se convirtió en un rumor lejano, similar al de una caída de agua, escondida tras la espesura del bosque. Por fin pudo pensar con claridad. Pudo sentir el dolor en su cuerpo, y la sed en sus labios resecos. Sintió la mano de Sara escabulléndose entre sus dedos. La vio caer sobre un camino embarrado, y la vio convertirse en una estatua de arcilla. Entonces un proyectil se empotró en el hombro derecho de Oliver. Un par de segundos más tarde, sintió de nuevo el dolor de la pólvora, y cayó al suelo. Esos eran sus últimos recuerdos, antes de despertar en aquella sombría habitación de hospital.

Por primera vez reparó en su compañero de habitación. Tenía la nariz y la boca cubiertas por una máscara de respiración asistida, pero sus ojos hablaban desde el interior de aquel cuerpo enfermo. Sentía el mismo odio que Oliver hacia aquel guardia de lengua ágil y estómago abultado. Podía leerlo con tanta claridad en sus ojos, que incluso el mismo Dani debía de haberse dado cuenta. Quizás por ese motivo nunca le dedicase una mirada, quizás por eso nunca le aburriese con sus anodinas historias. Y Oliver estaba pagando las consecuencias. Solo él tenía que soportar las burlas de aquel idiota con aspiraciones a planetoide. Así que el odio de Oliver se multiplicó, Ahora no solo odiaba al policía, también odiaba al desconocido de la cama contigua. 

Ellos pagarían por lo que le habían hecho a Sara. Fue un pensamiento fugaz, que se extendió por sus neuronas, arraigando con firmeza en cada una de ellas. Se dispuso a actuar. Fue una decisión visceral, irreflexiva. Tal vez porque no le importara el mañana, porque su vida en aquella habitación, acompañado por dos seres a los que odiaba con toda su alma, sería peor que el vació más absoluto, peor que la muerte.

Con un rápido movimiento, al que Dani no fue capaz de reaccionar, atrapado en su gruesa capa de grasa, le arrebató su pistola de la funda, y le apuntó con ella. Estaban tan cerca el uno del otro, que Oliver podía sentir el sudor deslizándose por la sonrosada piel del policía.

Con un gesto le indicó que se arrodillara delante de la cama. El policía tardó una eternidad en agacharse, así que Oliver decidió colaborar con un par de golpes dados con la culata de la pistola. Oliver metió la mano en la boca del rollizo policía, y tiró de la lengua sin que este opusiera resistencia. Dani saboreó la orina con repugnacia desmedida, pero sin  aventurarse a recoger la lengua en su gran bocaza. Oliver se apartó para rebuscar en una bandeja. No tardó en regresar a su lado con una gran jeringa. Los ojos de Dani parecían querer abandonar al resto de su cuerpo, que estaba paralizado por el metal que rozaba su nuca. 

Oliver dejó caer la pistola, y antes de que esta tocara el suelo, ya había empuñado con las dos manos la jeringa, empujándola hacia aquella lengua golosa, hasta atravesarla cerca de la punta, desgarrando las papilas gustativas, y privándole para siempre del sabor dulce que tanto placer le había proporcionado. Dani no fue capaz de gritar, solo consiguió emitir un sonido apagado, unas palabras ininteligibles. Con la lengua fuera de su boca era a lo más que podía aspirar. 

Oliver se volvió entonces hacia la otra cama. Allí su compañero de habitación lo aguardaba con ojos brillantes. Parecía haber disfrutado tanto como él del empalamiento que acababa de perpetrarse. Oliver retiró la máscara con calma, aquel joven le consideraba un amigo, así que estaba convencido de que no le atacaría. 

Ambos se miraron a los ojos durante unos segundos. Parecía que intentaban adivinar los pensamientos del otro. Al fin Oliver se decidió a actuar. Obligó a Marc a abrir la boca, este lo hizo sin oponer resistencia. Forzó sus mandíbulas tanto como pudo, para que Oliver se asomara a aquella caverna oscura y profunda.

Y encontró una boca deslenguada.





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