Escalera sin color

El salón estaba envuelto por una claridad espesa y lechosa. Apenas si podía recordar la noche anterior cuando abrió los ojos. Sentía cada parte de su cuerpo dolorida, «debió de ser una noche salvaje» pensó. Se incorporo en el sofá donde había pasado la noche, y se sirvió el poco burbon que quedaba en la botella en un vaso de plástico que encontró a mano.

Consultó el reloj de pulsera, eran las tres de la tarde. Descorrió las cortinas de terciopelo azul que ocultaban la ciudad. Con sorpresa vio que era de noche. Zarandeó su muñeca y golpeó con el dedo índice el cristal del reloj, pero este siguió dando las tres de la tarde. Lo desabrochó y lo dejó caer en el sofá. Saldría a comprar otro, se sentía descansado y no tenía asuntos que atender. Ya tenía las llaves en la mano cuando cayó en la cuenta. ¿De dónde procedía esa claridad lechosa? No había ninguna lámpara encendida en la casa, y fuera de ella, solamente la oscuridad de la noche.

Demoró su salida de la casa para buscar algún indicio sobre el origen de la luz, sin llegar a descubrir su procedencia. Abrió la puerta y salió al rellano, se volvió para cerrar la puerta con llave y descendió las escaleras que le conducían a la calle. 

Cuatro plantas más abajo se detuvo. Sintió angustia y su cuerpo se cubrió de sudor a la vez que su respiración se entrecortaba. Vivía en una segunda planta, ¿cómo era posible que no hubiera llegado todavía a la calle? Se asomó al hueco de la escalera. Un ataque de vértigo hizo que tuviera que asirse con fuerza al pasamanos para no caer al suelo. No había conseguido ver el fondo de aquel abismo imposible. 

Se sentó en un escalón mientras se recuperaba del mareo e intentó calmarse. Nunca aquellas escaleras le habían parecido tan apáticas y carentes de color. No podía llegar hasta la calle, era evidente, pero quizás pudiera regresar a su casa. Desde allí podría llamar por teléfono y pedir ayuda. 

La ascensión fue más angustiosa si cabe que el descenso. Los escalones se multiplicaban hasta el infinito. No había modo alguno de llegar hasta su casa. Además el esfuerzo había terminado con sus ímpetu, además de con sus nervios. Volvió a sentarse en un escalón, quien podría asegurar que no fuese el mismo. Aunque su inteligencia le dictaba lo contrario, nada podía descartarse en aquel mundo carente de lógica, en el que había despertado.

Es imposible determinar cuanto tiempo permaneció sentado en aquel escalón. Sin referencia alguna, podía asegurarse con propiedad, que el tiempo transcurrido había sido un segundo, o un millón de años. Pero tras tan inconcreta espera, unos pasos se escucharon cada vez más cerca. Se incorporó esperando descubrir algún auxilio tras aquellas cálidas pisadas.

Un hombre, en nada sobresaliente, apareció tras el recodo de la escalera, y le saludó con un gesto rutinario.

- ¡Oiga! No se se vaya -gritó histérico.

- ¿Qué desea?

- No consigo llegar a la calle. ¿Sabe qué demonios está pasando?

- ¿Ha probado usted a usar el ascensor?

Miró tras el recodo y descubrió el ascensor. «¿Cómo no se me ha ocurrido antes?» se dijo en voz alta. Intentó agradecerle al desconocido su consejo, pero tanto él, como el sonido de sus pasos, habían desaparecido. 

Obvió lo inaudito de su encuentro, y pulsó el botón de llamada del ascensor compulsivamente. Al fin este se detuvo frente a él y se abrieron las puertas de seguridad. Entró confiado, viéndose libre de este mundo paranoico en el que se encontraba atrapado. Cerró la puerta tras de sí y comenzó a caer a gran velocidad. Bajo sus pies no había nada que le sostuviese. Solo el largo túnel del ascensor y él existían en este momento. Pero no estaba a oscuras, aquella misma claridad lechosa y espesa que iluminara su apartamento alumbraba también su caída.

Pero su viaje terminó. Un fuerte golpe sacudió todo su cuerpo. Se quedó de pie, viéndose tendido en el suelo.  Solo entonces pudo recodar. Solo entonces pudo comprender.



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