El reloj de cuco

Aquel maldito reloj nunca callaba. Su tic tac me golpeaba una y otra vez, haciendo mella en mi mente, moldeándola a su antojo, como hace el agua con las piedras más duras. Posiblemente, yo no fuera tan duro como esas rocas, ese maldito reloj no necesitaría de siglos para erosionar mi razón.
Tic tac, tic tac, me repetía a mí mismo, intentando acallar, o quizás imponerme sobre el del maldito reloj. Pero el suyo era un sonido quejumbroso y oscuro, que yo no podía acallar, más bien, le hacía los coros, me convertía de este modo en un artista secundario en mi propia obra.
Aunque quizás no fuera aquel sonido lo que estaba volviéndome loco. Tal vez, y solo tal vez, fueran las tres de la tarde. Aquella hora, que el maldito reloj no dejaba de señalar. Creía que el reloj estaba roto. ¡Pero no! El reloj funcionaba. Tic tac, tic tac, así me lo recordaba cada segundo, con pérfida maldad.

Pero el tiempo transcurría en aquella habitación, frente a aquel maldito reloj. Parecía haberse detenido solo para mí. Veía entrar y salir gente, les veía hablar y reír, pero ya no oía sus voces. Se habían convertido en una película puesta a cámara rápida, de la que no podía entender el argumento.
Luego caí en la cuenta. Mi organismo se estaba sincronizando con el maldito reloj. Cada latido de mi corazón coincidía con su sempiterno tic tac. Me sentí angustiado. ¿En qué me estaba convirtiendo? ¿Qué extraña influencia ejercía sobre mí aquel objeto?

Comencé a imaginarme a mí mismo como  una especie de máquina mecánica. Con una llave en la espalda para darme cuerda. Mis órganos internos se irían convirtiendo poco a poco en engranajes de diferentes tamaños y mis ojos se transformarían en unos pequeños anteojos, que me transmitirían una realidad caleidoscópica.

Intenté sentir algún cambio más en mi cuerpo, algo que reafirmara mi transformación en máquina. Me abstraje cuanto pude del maldito reloj, pero no percibí nada. Todavía tenía mis pies y manos intactas. Pero eso no me tranquilizó, me hizo sufrir más por aquello que podía perder. Deseaba conservar mi humanidad.

Creí entonces, que lo más sensato sería alejarme lo máximo posible de aquel lugar. Me levanté de mi asiento. Las piernas apenas me sostenían, pero me obligué a andar a pequeños pasos.  Cuando abandoné la habitación, sentí que recuperaba las fuerzas. Entonces comencé a correr. Corrí tanto como pude, pero me detuve de golpe. Aquello no tenía sentido, no podía huir del maldito reloj. Lo seguía oyendo en mi cabeza. Ahora su tic tac era rápido, como los latidos de mi corazón. Pero yo seguía sabiendo que el tiempo no transcurría, que el reloj seguía marcando las tres de la tarde.

Me senté en el suelo todavía jadeante por el esfuerzo. También caí en la cuenta de que mi respiración seguía la cadencia del tic tac del maldito reloj. Intenté contener la respiración, pero no pude, no era dueño de mi cuerpo. Me había convertido en una simple marioneta de un reloj de cuco.

Me puse en pie de un salto y corrí tan rápido como lo había hecho antes en sentido contrario. En mi miraba había trazas de locura, pero sabía muy bien lo que estaba haciendo. Volví a entrar en la habitación del reloj y me detuve frente a él. Dejé escapar una sonrisa maliciosa antes de levantar una piedra que había recogido durante el camino de vuelta. Pronto se escucharía su último tic tac.

Golpeé el reloj con todas mis fuerzas una y otra vez. Sentí un fuerte dolor en el pecho  que hizo que me retorciera de dolor,  caí al suelo y no pude recordar nada más.

Al despertar me encontraba en la cama de un hospital. Mi esposa estaba junto a la cama mostrándome una gran sonrisa.

-¿Qué ha sucedido? ¿Por qué estoy aquí? – pregunté extrañado.


-Ayer a las tres de la tarde sufriste un ataque al corazón. Los doctores han tenido que colocarte un marcapasos.


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Relato dramatizado en el programa La Rosa de los Vientos de Onda Cero. Narrado por Nacho Arias y Realizado por Javier Martinez Dorado.


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