El monasterio del silencio

Fray Enrique se levantó rutinariamente a las seis de la mañana. Era el más madrugador de todos los frailes. No por necesidad, sino por puro placer. Disfrutaba de su trabajo en el huerto del monasterio. Saboreaba con placer los primeros rayos de sol de la mañana. "A esas horas, uno puede ver como crecen las plantas", se decía a sí mismo. 

Era invierno, y todavía no había amanecido cuando llegó al huerto. Tampoco le importó, cogió su pequeña azada y comenzó a retirar las hierbas alrededor de las tomateras.

Tenía entumecidas las manos por el frío, pero aún así el trabajo le resultaba gratificante. Conseguía olvidarse de todo lo demás. Aquella sensación era reconfortante, evadirse dentro de aquel mundo claustrofóbico, era un lujo al alcance de pocos dentro de aquella comunidad trapense.

Estaba terminando de limpiar la tierra, cuando la azada golpeó algo que pareció crujir y astillarse con el golpe. Fray Enrique se acuchilló y acercó la lámpara, que traía consigo, al lugar donde había sentido el golpe. Pronto descubrió un dedo humano sobre la tierra removida.  Horrorizado agitó con energía la campanilla que le acompañaba a todas partes. No dejó de agitarla hasta que los primeros frailes asomaron desde el interior del monasterio. Fray Armando, el abad del monasterio, tomó la palabra de entre todos los presentes. 

-¿Qué ocurre? ¿Por qué nos has hecho llamar? 

Fray Enrique, uno de los monjes que guardaba voto de silencio, señaló el lugar donde había encontrado el dedo. El abad se agachó y removió la tierra con un pequeño palo. El resto de frailes lo observaban expectantes. Transcurridos un par de minutos, volvió a incorporarse y se mesó su poblada barba. 

-¿Qué hacemos? - preguntó fray Luis no pudiendo contener más tiempo su nerviosismo.

-Nada - respondió escuetamente. - Echad varias carretillas de tierra sobre el lugar cuando amanezca - dijo esto y volvió a entrar en el monasterio. 

Fray Leopoldo encontró al abad en el claustro. Estaba de pie, casi en el centro del pequeño jardín. Estaba absorto en sus pensamientos y no oyó los pasos que se acercaban.

-Fray Armando - dijo rompiendo su voto de silencio -, ¿cree que hacemos bien al ocultar un cadáver en el monasterio? - su rostro estaba lleno de dudas.

-¿El bien para quién? Daremos a ese hombre sagrada sepultura al mediodía. Salvaremos su alma. ¿Qué más podemos hacer por él? Respecto a nuestra comunidad. ¿Necesitas que te explique lo inoportuno que sería un asesinato en un monasterio de nuestra orden? Esos buitres de Roma están esperando que cometamos un error para lanzarse sobre nosotros como fieras hambrientas - sus ojos estaban llenos de rabia. Rabia por no haber interpretado los acontecimientos de forma correcta. Ahora quizás fuese demasiado tarde. ¿Qué otra  decisión podía tomar?

-¿Y qué nombre inscribiremos en la lápida de ese pobre hombre? - dijo fray Leopoldo interrumpiendo sus pensamientos.

-Fray Tomás de Burela - las últimas sílabas sonaron apagadas, como si ya no tuviera fuerzas para pronunciarlas.

-¿Acaso no abandonó Fray Tomás la congregación en mitad de la noche? - dijo incrédulo fray Leopoldo.

-También yo lo creía así hasta hoy - El abad, agachó la cabeza y comenzó a andar por uno de los cuatro caminos que abandonaban el jardín del claustro. Fray Leopoldo no intentó detenerlo, ni hizo pregunta alguna. La sorpresa lo había paralizado. Una fina lluvia comenzó a mojar el rostro del fraile, que todavía seguía petrificado en el centro del jardín, junto al pozo. Los pensamientos y elucubraciones se iban convirtiendo en certezas con el transcurrir del tiempo. Ahora podía leer los acontecimientos como lo haría en un libro. Fray Armando había hecho una elección. Entre la buena reputación de la orden y la vida de los frailes del monasterio, había elegido lo primero. 

Fray Leopoldo levantó la tapa del pozo, que estaba seco desde hacía varios años. Se introdujo de cabeza y dio un pequeño saltito. Se estrelló contra el fondo de dura piedra con tal fuerza, que murió en el acto. Él también había tomado una decisión. Había elegido una muerte rápida en lugar de una corta vida de dolor y miedo.

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En su celda, fray Oliver hacía anotaciones en su diario. Como muchos de los frailes de la comunidad, acataba el voto de silencio. Aunque para él se tratase de algo diferente, era mudo de aquel accidente de su infancia. Sin embargo, entre aquellas gruesas paredes de piedra, se sentía protegido. Podía actuar con impunidad. Y tenía mucho trabajo pendiente. Al igual que aquel mimo de su niñez, estos frailes eran unos farsantes, fingían ser mudos. Como los odiaba por eso. Era un insulto a su condición. Pero ahora todo estaba bajo control. Solo debía elegir cual sería el próximo en morir.



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