El circo de las sombras

22/02/2015

El circo había llegado a la ciudad de Blouton Dale. La avenida principal se había llenado de carteles coloridos durante la noche.  Ya nadie tenía interés por el circo, tan solo subsistía gracias a los niños. Ellos traían de la mano a sus padres. Pero incluso los niños, ya no sentían afección por el mayor espectáculo del mundo. Ahora era denostado como un entretenimiento menor y arcaico.

Sin embargo, este no era un circo como todos los demás. El Circo de las sombras no prometía diversión ni risas. Esos tiempos habían quedado atrás con la muerte del viejo Guigha. Él fue un payaso de los de antes, de los de nariz roja y zapatones. Pero con su muerte, Marcel  heredó el circo.

Las risas se desestimaron por falta de originalidad. El espectáculo se tornó lóbrego, aterrador, de mal gusto añadirían los más severos.

Paradógicamente, las gradas se llenaban cada día hasta los topes con un público expectante. Deseoso de ser sorprendido con los más horrendos números circenses. Brujería,  necromancia o exorcismos hacían las delicias de los presentes, creando una atmósfera de desenfreno y éxtasis en la carpa central. El público abandonaba maravillado el recinto después de dos intensas horas de espectáculo. Su fama alcanzaría la siguiente ciudad antes de que el circo se instalara en ella.


Pero Marcel comenzaba a estar preocupado, su sueño podía desvanecerse rápidamente si no encontraba una solución. Necesitaba más artistas. Entre bambalinas, los supervivientes del espectáculo, eran encerrados en jaulas donde aguardarían a ser torturados en la siguiente ciudad. 
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