La marca del arlequín

18/01/2015

Eric esperaba en la acera, junto a una pastelería de la calle Blarhta. Para entretenerse, miraba el escaparate de la tienda, con la frente apoyada en el cristal. Los dulces tenían una pinta fantástica, no podía dejar de mirarlos, como cuando era un niño regordete. Se deleitaba tan solo con imaginar que sabor tendría cada uno, en función de su textura y color.

-Hola Eric, ten cuidado, no vayas a romper el cristal. – dijo alguien  interrumpiendo sus pensamientos. Eric se volvió al reconocer aquella voz familiar. Hacía meses que no había visto a Víctor. Desde que este marchara a la universidad, no se habían vuelto a ver. Víctor parecía cambiado. Su modo de vestir, incluso su peinado eran diferentes.

-Me alegro de verte Víctor, ha pasado tanto tiempo. ¿Cuándo fue la última vez que fuimos a bailar? – dijo Eric tras la sorpresa inicial.

-Sí, es cierto, no nos hemos visto mucho últimamente – concedió Víctor.

-¿Qué te parece si compramos unos dulces de esta tienda y vamos al parque a comérnoslos? Hace un día estupendo.

-¡Perfecto! Entremos – reafirmó sus palabras con un leve empujón sobre el hombre derecho de Eric, incitándole a ponerse en marcha.

Cuando salieron de la tienda, cada uno de ellos sostenía una bandeja de cartón sobre la que reposaban varios dulces. Eric prefirió los de chocolate, eran sus favoritos desde siempre. Los había comprado con diferentes formas y texturas. Víctor prefirió elegir uno de cada sabor disponible. Y así comenzaron a andar calle abajo, en dirección al parque Braernot. En el extremo este del parque encontraron un banco libre y decidieron sentarse para comenzar su banquete.

Comieron en silencio, uno al lado del otro. Miraron los árboles del parque mecidos por el viento. Los niños jugando sobre la tierra, ensuciando sus trajes de domingo. Contemplaron los gestos de un mimo que divertía a los transeúntes, resguardado por la sombra de un gran roble. Un hombre que vestía un  abrigo negro, parecía especialmente interesado en los ademanes del mimo. Era extraño verle allí, rodeado de niños y madres sonrientes. Él, sin embargo, permanecía impasible, como si su interés fuese más que lúdico, científico.

Ya hacía tiempo que habían dado cuenta de los dulces, pero todavía guardaban silencio. Fue finalmente Eric quien habló.

-¿Qué tal te fue con los nuevos pasos de baile? ¿Ligaste con alguna chica?

-¡Qué va hombre! A las universitarias tampoco les gustan estos pasos. Está claro que bailar no es lo nuestro Gordo. – respondió de muy buen humor.

-Vaya, tenía muchas esperanzas en esos pasos, ¿sabes? Los vengo practicando desde que te fuiste. ¿Y ahora me dices que el esfuerzo fue en vano? No sé porque te hice caso. Siempre fui mejor bailarín que tú. – Los dos rieron durante un rato. Habían discutido muchas veces sobre ese tema. Ambos eran conscientes de su ineptitud, y aquella discusión se había convertido en una broma privada entre ellos.

-Al menos espero que la química se te haya dado mejor. – añadió Eric.

-Sí. Debí de haber hecho caso a los resultados del test desde un primer momento. Estoy siempre entre los mejores de la clase. Creo que recibiré pronto ofertas para incorporarme a algún laboratorio como becario.

-¡Eso es estupendo! Cómo envidió tu posición. Debe de ser emocionante todo lo que estás haciendo allí – dijo sinceramente.

-No puedo quejarme, la vida me sonríe. Pero cuéntame, ¿cómo van las cosas por aquí? – preguntó Víctor.

-Últimamente ando bastante liado. Encontré trabajo como aprendiz en un taller de carpintería. Estoy aprendiendo muchísimo. – respondió animado.

-¡Excelente! Creo que deberíamos ir a celebrarlo. Las últimas noches que salimos juntos fueron estupendas. ¿Repetimos el plan esta noche?

-Creía que nunca lo ibas a decir – dijo entre risas Eric.

Tras una pausa bastante prolongada, Eric retomó la palabra.

-Verás, no te lo conté en su momento. Pero la última noche en que salimos, se me apareció un hombre con una máscara de arlequín, igual que te sucedió a ti. En cierto momento, se apartó la máscara y vi que la cara de aquel hombre, era igual a la mía. La sorpresa me hizo perder unos segundos muy valiosos. Lo perseguí, pero escapó en un coche negro que lo estaba esperando.

-¿Cómo no me lo contaste? – interrumpió Víctor.

-Oh, ya sabes, estábamos de celebración, y no quería amargarte la noche. De todos modos, nunca más ha vuelto a aparecer el hombre de la máscara. En verdad fue algo sumamente extraño – finalizó Eric.
-También el que mío ha desaparecido. Quién sabe qué debe significar eso. Lo mejor será olvidarlo – dijo Víctor.

-En realidad, desde entonces he estado investigando sobre ese asunto. En la red oficial no he encontrado ninguna referencia a ello. Es como si jamás se hubiera dado otro caso como el que nos ha sucedido a nosotros. Es realmente extraño, ¿verdad?

-Sí, cierto – dijo escuetamente Víctor.

-¿Recuerdas la red RRS? La red que crearon los rebeldes para evitar la censura de la organización. Por lo visto, después de que fuera clausurada,  fue creada de nuevo. Pero esta vez fue completamente clandestina. Para uso interno de la resistencia. En realidad, yo no formo parte de ella, no creas que quiero meterme en líos. Pero tras ser investigado, se me concedió una licencia temporal para acceder a la red.  No creerás las cosas que pueden encontrarse allí.

-¿Cómo cuales? – inquirió Víctor.

-Encontré un listado de las obras de Kravchenko. Las estuve cotejando con las oficiales, las que han sido expuestas. Existen varias inéditas. Incluso pueden verse fotografías del las esculturas.  Una de ellas la tituló “Ahorcándolo”. En ella un mimo ahorca a otro, lo más aterrador, es que los dos mimos son iguales, como dos gotas de agua. Existe otra titulada “La injusticia”. Una mujer sostiene una balanza con su mano derecha. La balanza está desequilibrada, mientras que con la mano izquierda intenta arrancarse una espada que tiene clavada en la espalda. Rematando la escultura, en los pies de la mujer, hay una venda caída, que antes cubría sus ojos.  También se incluye otra demasiado aterradora para ser cierta.

-Descríbemela, por favor – dijo Víctor temiendo perderse los detalles.

-Está bien, pero no es agradable, te lo advierto. En esta última, puede verse una pica clavada en el suelo, pero con la punta hacia arriba. Y ensartada en la punta, está la cabeza de Kravchenko. Fue su obra póstuma, de eso no hay duda – concluyó riendo nerviosamente.

-¡Santo cielo! – exclamó Víctor.

-Según fuentes oficiales, Kravchenko murió en un fatal accidente de tráfico – hizo una pausa antes de continuar, para reorganizar las ideas en su cabeza. - Me he desviado demasiado del tema. El asunto es que he estado investigando sobre los arlequines. Y precisamente, en la red RRS, he encontrado una leyenda urbana sobre ese tema. La leyenda cuenta que existen unos arlequines que sustituyen a algunas personas cuando estás no siguen las normas de la organización. Estos arlequines son en todo iguales a las personas que sustituyen, al menos en apariencia. Aunque según la leyenda, existe una diferencia entre ellos.

-¿Qué diferencia? – le interrumpió Víctor.

-Los arlequines tienen  una cicatriz en la cabeza. Por lo visto, es una marca que les queda tras su proceso de creación. Aunque está oculta bajo el cabello. Algo indetectable. Es una hermosa leyenda, ¿verdad?

-Sí, es desde luego estremecedora - Víctor comenzó a enrojecer. Temía que Eric tuviera alguna sospecha sobre él.

El hombre de abrigo negro seguía de pie, junto al árbol donde actuaba el  mimo. En apariencia atento a las gesticulaciones del triste enmascarado. Resultaba extraño, que una persona de cierta edad, disfrutara tanto de la actuación de un artista callejero, que por descontado, carecía de talento interpretativo. Tras echarle una breve mirada, Eric decidió acelerar su discurso. Temía la intromisión del que suponía, era un agente de la organización.

-Víctor, ¿me permites que busque en tu cabeza alguna marca? – preguntó sin más preámbulos.

-¿Cómo? ¿Crees que soy uno de esos arlequines? – dijo Víctor airado.

-La verdad es que desde que apareció el arlequín, te he notado cambiado. Quizá sean imaginaciones mías. Pero si no tienes nada que esconder, no habrá problema. Supongo…

Víctor se removió en su asiento. Se sentía acorralado por Eric. Nunca había reparado en si tenía una cicatriz en la cabeza. Y en caso de tenerla, ¿qué sucedería? Finalmente tomó una decisión.

-Está bien, masajéame la cabeza todo lo que quieras. Pero si alguien nos ve, va a pensar cualquier cosa – rió nerviosamente al terminar la frase, sin mucho entusiasmo.

Eric se puso en pie y se acercó a Víctor. Colocó sus manos sobre su cabeza y recorrió cada centímetro intentando detectar cualquier anomalía. No sabía que estaba buscando exactamente, por eso fue muy meticuloso en la tarea. Pero tras varios minutos desistió, y apartó las manos de la cabeza de Víctor.

-Disculpa, no debí desconfiar de ti. Tienes la cabeza más perfecta que un huevo de gallina – bromeó un tanto incómodo.

-Está bien, te comprendo. Visitar esa red te metió ideas raras en la cabeza. Olvidemos el tema – dijo en tono amistoso. Seguidamente se dieron un gran abrazo, y abandonaron el banco donde estaban sentados. Anduvieron juntos en dirección a la parada de autobús. Justo antes de abandonar el parque, Eric echó una última mirada al árbol donde se encontraba el mimo. No había ni rastro del mimo, ni del hombre del abrigo negro.

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