Creadores de destinos

07/01/2015

-I-

Víctor despertó con un fuerte dolor de cabeza. Lo que pudo ver le recordó un quirófano. Estaba tumbado, mirando al blanco techo de la estancia. Las paredes eran verdes, sin decoración alguna. El único mobiliario visible eran unas vitrinas hechas de metal y vidrio, que contenían utensilios médicos. Sobre él colgaban unos potentes focos, que desprendían un calor abrasador. Se sintió atado de pies y manos, lo que aumentó su nerviosismo. Todavía desconcertado, no tardó mucho tiempo en recibir visita; debían de haber estado observándole a través de alguna cámara instalada en aquella habitación.
La puerta doble, que comunicaba con un pasillo de paredes recubiertas de madera, se abrió. Aparecieron dos personas vestidas con batas blancas. El primero, un hombre de mediana edad y estómago prominente, la llevaba desabrochada. La otra era una chica joven. Era respetuosa con las normas, llevado a un nivel casi militar. Su bata estaba abrochada y libre de cualquier mancha o arruga. Sus zapatos negros parecían recién estrenados, aunque la suela desgastada hacía patente que su sueldo no era muy elevado.

Se detuvieron a pocos pasos de la camilla donde Víctor estaba tumbado y pulsaron un botón en un panel de control. La camilla comenzó a elevarse sobre un eje central, ganando poco a poco la posición vertical. El movimiento se detuvo y los recién llegados miraron cara a cara a Víctor.

–Buenos días ¿qué tal se encuentra usted? – dijo el hombre embatado con cierto tono irónico.

–¿Dónde estoy? ¿Quiénes son ustedes? – respondió Víctor desatendiendo la pregunta.

–Verá, señor Adam. Ayer nos causó muchos problemas, ¿sabe? No es nada habitual que alguien descubra a su sustituto, y mucho menos que se enzarce en una pelea. ¡Eso es inaudito! – Hizo una pausa para aclararse la garganta – Por eso le hemos dado un trato especial. De otro modo ya se encontraría en la fábrica. Páseme el expediente, Cynthia –. Dijo sin mirar  a su compañera.

Ella le pasó una carpeta que eligió con cuidado de entre las que llevaba en sus manos. En la portada, en letras rojas, podía leerse “Expediente 7351/19”. Estuvo ojeando los más de cien folios de que constaba el expediente. Asintiendo de vez en cuando mientras pasaba las hojas adelante y atrás.

–Vaya, me sorprende usted. Tiene un currículum académico impresionante. Hubiera sido un gran químico, eso lo valoramos mucho. En cambió las artes… ¿Quién necesita artistas? ¿Acaso las esculturas nos dan de comer? Sea como fuese, me extraña que pasara los test de desaprobación hasta terminar la escuela superior. Debe haber sido muy hábil para manipular los resultados.

En aquellos momentos, alguien golpeó con los nudillos la puerta.

–Adelante – dijo el individuo todavía ojeando los informes.

La puerta se abrió, y un hombre vestido con un mono blanco y unas botas de tela del mismo color, entró en el quirófano. Se acercó con paso firme, militar podría decirse, y se reunió con los dos primeros visitantes. Víctor no podía creer lo que estaba viendo. Kravchenko, su artista favorito, al que tanto admiraba, estaba en aquella misma habitación. Y pensar que hacía un par de días había visitado su exposición, pensando que conocerlo sería un sueño inalcanzable para un simple artista vocacional como él.

–Kravchenko ha muerto señor – oyó decir al recién llegado. – Ha sido encontrado en su exposición esta mañana. Clavó su cabeza en una pica y unió esta “obra de arte” al resto de su colección.

–¡Maldito artista del demonio! Era una gran oportunidad para que influyesemos desde el arte en estos rebeldes del carajo –. Hizo una pausa antes de tomar una decisión. -  Acompáñeme –. Dijo al hombre del mono blanco.

Comenzaron a andar hacia la puerta. La chica joven se quedó de pie observándolos, indecisa sobre que debía de hacer. Justo a tiempo, su compañero barrigón se volvió para darle instrucciones.

–Cynthia, continúa tú con el procedimiento, yo tengo otros asuntos que atender.

Los dos hombres abandonaron la habitación, dejando a los dos jóvenes solos.

-II-

Avanzaban por el pasillo de láminas de madera a buen paso. A lo largo del corredor, a uno y otro lado, se distribuían una serie de puertas de color negro. Sobre todas ellas había un cartel luminoso con unas numeraciones. Todas estaban cerradas, pero de vez en cuando, alguien entraba o salía por alguna de ellas. Todos vestían un mono blanco y unas zapatillas de tela blanca, igual que el hombre que había irrumpido en el quirófano.

–¿Estás seguro de que Kravchenko ha muerto? ¿No habrá sido un truco? – preguntó el barrigón.

–Sí señor. Estaba haciéndole un seguimiento exhaustivo estos días, ya sabe, debido a la exposición. He repasado los vídeos y no hay duda alguna –. Se aclaró la voz con unos leves carraspeos antes de continuar. – Los rebeldes de Natalie Browner aparecen en el vídeo. Le ayudaron en su suicidio; el propio Kravchenko no pudo ensartar su cabeza en una pica después de muerto.

–Vaya, vaya. Así que esa maldita Natalie Browner sigue haciendo de las suyas.

Ambos se detuvieron ante una de las puertas negras de la pared oriental del corredor. En el cartel luminoso podía leerse la siguiente numeración 2395-2400. Abrieron la puerta y entraron en la sala respetando el silencio del interior.

Se trataba de una gran sala en forma de rectángulo. A ambos lados de un pasillo central se distribuían cientos de mesas, todas provistas de al menos un par de pantallas holográficas. La mayoría de los escritorios estaban ocupados en aquel momento. Todos en la sala iban uniformados con el consabido mono blanco y prestaban atención a sus pantallas. Custodiando la entrada, había dos hombres que se diferenciaban del resto. Vestían uniforme militar, color verde oscuro. Aunque en apariencia no iban armados, si uno se fijaba bien, podía distinguir la forma de una pistola escondida en su espalda. En las mesas, todos usaban auriculares para oír el sonido de sus respectivos vídeos y nadie prestó atención a la llegada de los dos hombres. Estaban demasiado ocupados estudiando a su  “presa”. Así los llamaban en el argot.

Caminaron a lo largo del pasillo central hasta una de las primeras filas. Giraron a la derecha, introduciéndose en un pasillo más estrecho, que transcurría perpendicular al principal. Alcanzaron un escritorio vacío que mantenía las pantallas holográficas encendidas. Ambas  mostraban la misma imagen. La cabeza de Kravchenko sostenida por una barra metálica manchada de sangre. Aquel plano corto era aterrador. Los ojos de Kravchenko, aún después de muerto, transmitían odio.

Poco después estaban viendo el momento de la muerte. Uno de los activistas seccionaba la cabeza con una espada. La misma Natalie Bronwer recogía la cabeza y la ensartaba en la barra de metal que había sido ya dispuesta en uno de los  receptáculos reservados para las obras de arte de la exposición.

–Puede pararlo ya –. Dijo al clon de Kravchenko
.
–Sí, creo que ya es suficiente –. Convino el clon.

–Muy bien, siga vigilando la cabeza de Kravchenko, quizá regresen esos rebeldes.

Dio media vuelta y abandonó el puesto, dirigiendo sus pasos hacia la salida. Al llegar a la puerta se detuvo junto a uno de los guardias.

–Coronel Podoriak –. Dijo el guardia mientras hacía un saludo militar.
.
–Lleven al hombre que venía conmigo a la sala de neutralización –. Dijo sin darle mucha importancia a sus palabras. Devolvió el saludo militar y salió de la sala.

-III-

Cynthia vio salir al coronel Podoriak y al suplente de Kravchenko por la puerta doble del quirófano. Acompañó a los dos hombres con la mirada, sin apenas mover un músculo. Cuando la puerta se cerró, se sintió sola. Todavía no había completado su periodo de formación, y por supuesto, sería la primera vez que llevara el peso de una investigación oficial. Inspiró profundamente, intentando tranquilizarse y dejó pasar unos segundos antes de iniciar la conversación.

-Muy bien, comencemos. – dijo intentando fingir desinterés.

Víctor abrió los ojos de nuevo. Los había mantenido cerrados, la potente iluminación del quirófano hacía que le doliese todavía más la cabeza.

-¿Tu nombres es Víctor Adam? – preguntó con voz neutra.

-Sí. ¿Qué es este sitio? –respondió nervioso.

-Limítate a responder mis preguntas – dijo Cynthia con tono severo. - ¿Qué te impulsó renunciar a la beca para estudiar química? Tenías un expediente brillante. ¿Eres consciente de que en la escuela de arte serías un mediocre?

-¿Y qué os importan mis estudios? ¡Dejad que regrese a mi mediocre vida! – gritó colérico.

-Me temo que eso ya no es posible. Ya has sido reemplazado.

-¿Reemplazado? ¿Reemplazado por quién? – preguntó incrédulo.

-Ya conoces la respuesta. Debes ser alguien muy especial. Normalmente los sustitutos no se toman la molestia de observar a su presa en persona. Aunque el resultado ha sido desastroso.

-¿El chico de la máscara? ¿Él ocupa ahora mi lugar? ¿Y qué será de mí ahora?

-Responde a mi pregunta de una vez. ¿Por qué renunciaste a un futuro prometedor como químico? – esta vez su tono era de verdadero enfado.

-Es obvio, ¿no? Odio la química. Es cierto que se me da bien, pero no me hace feliz. Solo el arte lo consigue. – respondió sin evadir la pregunta.

-El manual de Heichtberg dice que debemos hacer todo lo posible para contribuir al bien de la comunidad. No importa el individuo, el bien común es lo importante. Tu comportamiento ha sido verdaderamente reprobable. ¿Es esta tu última palabra?

-¿Y qué se supone que debo decir? Ya he sido sustituido, lo que yo diga no va a cambiar nada… ¡Maldita seas! - Pero ese sustituto vuestro no podrá engañar a mi familia. Ni a Eric Babbard. Él notará la diferencia. ¡Os descubrirán! – terminó diciendo triunfalmente.

-¡Por dios! Deja de decir tonterías. La organización lleva haciendo esto desde antes que tú nacieras. Y lo seguirá haciendo. En fin, estás sentenciado, te creía más inteligente. Pronto pasarás a formar parte de la fábrica. – hizo una pequeña pausa, aquel chico había llegado a exasperarla –. ¿Has dicho Eric Babbard.? ¿A qué escuela primaria fue Eric?

-Creo que a la segunda de Racoon Valley, de pequeño vivía en otro distrito. ¿No irás a sustituirle también a él? – la desolación se reflejó en su rostro, quizás hubiera sentenciado a su amigo.

-Cállate idiota, no tientes tu suerte -. No dio tiempo para que Víctor respondiera. Cerró la carpeta del expediente y se dio media vuelta. Cuando estaba abriendo la puerta se detuvo. Sin girar la cabeza habló en voz alta, para que Víctor la oyera bien.

-Pronto vendrán a por ti.

-IV-

Víctor fue despertado a las seis de la mañana por un guardia. Le habían dado una manta y una almohada antes de encerrarlo en aquella celda diminuta. Apenas había sitio para la cama y para un retrete lleno de mugre. El resto del espacio era un pequeño pasillo por el que llegar al retrete desde la puerta. Se levantó en silencio, aturdido por el frío y por las pocas horas de sueño. El ambiente en la colmena de celdas era gélido. Cientos de personas se apiñaban en aquellas celdas, pero todas permanecían en silencio. Una sensación de soledad y desamparo se escapaba entre los barrotes de cada celda. Aquel sitio era un lugar sin esperanza. La puerta se abrió y Víctor traspasó el umbral para colocarse delante de los barrotes. Entonces, a la orden de uno de los guardias, comenzó un desfile que dirigió a todos los prisioneros escaleras abajo, en dirección a la fábrica.

Ingresaron al gigantesco edificio por una puerta secundaria. Era de metal y pintada de rojo. Un ejército de guardias vigilaba aquella entrada, que más adelante, Víctor descubriría como la única salida. El edificio estaba dividido en dos secciones. A la primera, más pequeña, se accedía a través de tres entradas principales. Estas entradas eran unas grandes puertas acristaladas, con marcos de aluminio blanco, y distribuidas a lo largo de la fachada norte de forma equidistante. A la segunda sección, se accedía por aquella puerta roja. Una vez dentro, Víctor descubrió que no había ventanas ni conductos de ventilación. El alumbrado colgaba del techo gracias a unas largas cadenas y estaba distribuido de tal modo que tan sólo las zonas de trabajo habían sido iluminadas. En las paredes, unos grandes ventiladores movían el aire, paliando un poco el asfixiante calor. Pronto le mostraron su puesto. Un esquirol, le indicó cual sería su cometido. Le mostró el funcionamiento y le dejó conectado a aquella cadena de montaje. Falto de experiencia, apenas si daba abasto para seguir el ritmo de la máquina.

Esquirol era el nombre que recibían los presos que colaboraban con la organización. A cambio de delatar y controlar a los demás prisioneros, gozaban de ciertos privilegios y de trabajos menos exigentes. Por esa razón, algunos decidían cambiar de bando, aquella vida era más dura de lo que podían soportar.

-Tranquilo muchacho, te acostumbrarás -. Dijo una voz junto a él.

Un hombre de mediana edad y bastante delgado le lanzaba una mirada de compasión. No había  duda de que era un veterano en la fábrica. Sus ropas se habían convertido ya en meros harapos. Y su tez blanquecina, como la de un muerto, mostraba infinidad de pequeñas venas azules le recorrían el rostro y que se teñían de rojo al acercarse a sus ojos.

-¿Cuánto tiempo tenemos que estar aquí? – inquirió temiendo oír la respuesta, pero demasiado asustado como para  dejar de preguntar.

-Me temo que ya lo sabes. Para siempre. – sentenció

-V-

Sonó el teléfono en casa de los Adam. La madre todavía se inquietaba cada vez que alguien llamaba, aunque intentaba disimular su inquietud. Desde que recibieran las llamadas del hombre con la máscara de arlequín, no podía dejar de tener aquella extraña sensación de ser espiada. Dejó que sonara el teléfono un par de veces más, con la esperanza de que alguien contestara antes que ella.
-¿Quién llama? - contestó Víctor adelantándose a su madre.

-Hola Víctor, soy Eric. Había pensado que podríamos ir a la exposición de Krajenko. Dijeron en las noticias que hoy era el último día para visitar su exposición, y que no habría más después de su muerte.

-¿En serio? Vaya, de verdad me gustaría ir, pero ahora ando liado con el traslado al campus de la universidad. Seguro que habrá más exposiciones. - respondió Víctor. - Ah, y se llama Kravchenko - añadió.

-Sí, como se llame. La verdad que no me interesa esa exposición. Era una excusa para que pasásemos un rato juntos antes de que te marcharas a la universidad. ¿Qué te parece si vamos a bailar y emborracharnos? Por los viejos tiempos. - suplicó Eric.

-Está bien Eric, esta noche a las ocho de la tarde en la puerta del Péndulo. - concedió Víctor.

-¡Estupendo! Allí nos vemos.

* * * * * * * *

Aquella noche ambos fueron puntuales. Eric estaba muy emocionado y no de dejaba de hablar. Sin embargo, Víctor se mostraba apático. Decidieron ir al mismo local en el que celebraron su graduación. Recordaron su borrachera y a petición de Víctor, volvieron a beber sin parar. Todo se tornó turbio. Su percepción de la realidad cambió completamente, Víctor no estaba acostumbrado a beber. Comenzó a bailar de forma extraña. Sus brazos se movían asimétricamente, hacia atrás y hacia los lados. Resultaba cómico y varias personas se detuvieron para mirarle. Eric, también borracho, intentaba copiarle los pasos sin conseguirlo. La pareja pronto formó un corro a su alrededor y comenzó a recibir vítores. Eric se sintió eufórico, y bailo como un loco, esta vez siguiendo su propio estilo. El desenfreno se apoderó de los dos amigos y pronto tuvieron que detenerse. Estaban cansados y mareados, así que se apoyaron en la barra mientras llenaban sus estómagos con otra ronda de licor.

-¡Ha sido tremendo Víctor! ¿De dónde has sacado esos pasos de baile? Nunca te había visto bailar así - dijo Eric todavía excitado.

-¿Cómo? Ah sí, el baile. - dijo con poco entusiasmo.

- Se me ocurrió en el momento, pensé que quizás les gustase a las universitarias.

Víctor apartó la mirada de su amigo para que no notase el rubor en su cara. Eric feliz y triste a un mismo tiempo escrutó con la vista la pista de baile. Buscaba alguna chica guapa, se sentía en la cima del mundo, y pensaba que ninguna chica podría rechazarlo hoy. Entre la gente, le pareció distinguir una máscara. Una máscara de arlequín blanca, con un rombo rojo y uno negro, idéntica a la que había descrito Víctor. “El alcohol me está sentando mal” se dijo. Pero entonces el hombre de la máscara se mostró más claramente. Salió de entre la multitud y le miró fijamente. Eric se giró para avisar a su amigo, pero había desaparecido, entonces volvió a mirar hacia el hombre de la máscara. En ese preciso momento, se apartó la máscara del rostro y Eric pudo verle la cara. Fue como mirarse en un espejo. Aquel hombre era idéntico a él. Ambos empezaron a correr a un mismo tiempo, aunque el enmascarado le llevaba unos metros de ventaja. Abandonaron el local entre empujones y quejas de los demás clientes. Junto a la acera, un coche negro esperaba con el motor encendido. La puerta estaba abierta y el enmascarado subió de un salto. El motor rugió y el coche se perdió entre el tráfico. Eric no tuvo tiempo de reaccionar. Se quedó durante unos minutos allí, buscando con la mirada algo que sabía que no podría encontrar. Decepcionado y desorientado regresó a la barra en busca de su amigo. Esta vez lo encontró allí, tomando una copa. Eric le contó lo sucedido, pero ni con la ayuda de su amigo, consiguieron entender aquel suceso.


* * * * * * * * * *

-¿Te ha visto? - Preguntó Cynthia al sustituto de Eric.

-Sí. Me vio la cara - Respondió escuetamente.

-Esperemos que el pequeño Eric haya entendido el mensaje.






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