El engendro mecánico

Desde pequeño me sentí diferente a todos los demás. Sin duda, residir en una incubadora los primeros veintidós meses de mi vida, reforzó ese sentimiento de soledad en un mundo repleto de gente. En el colegio fui apartado por mis compañeros casi siempre, aún hoy creo que no sabían muy bien porque, pero  percibían mi singularidad más allá del limitado entendimiento de un niño.

Cuando llegué a la adolescencia las cosas tampoco mejoraron. Las crueles burlas me torturaban a diario, en un día afortunado no pasaban de hirientes insultos. Las peores jornadas las terminaba en urgencias, a media tarde, jugando a las cartas con Roberto, mi tutor. 

Ese fue el único lugar en el que me sentí cómodo durante toda mi vida. En urgencias era alguien especial. Conocía al personal médico y me trataban con verdadero respeto, incluso me tenían cierta estima. Aunque en el fondo siempre supe que yo era para ellos un pequeño regalo caído del cielo. Un caso excepcional como el mío era tratado a menudo por personal sanitario de un ambulatorio cualquiera.
Nunca intenté averiguarlo, pero quizás eso les diera cierta fama o reconocimiento dentro del universo sanitario. Yo prefería seguir ignorante. Destruir mi único refugio en la Tierra no hubiera sido una decisión inteligente por mi parte.

Pero también término la adolescencia, trágica travesía para un desahuciado de la sociedad como yo. Y sin embargo, mi época más feliz. Con el fin de las palizas también terminaron mis visitas a urgencias y con ellas se derrumbo mi país de fantasía. Mi refugio ante las adversidades, ya fueran físicas o psicológicas. Me vi de repente en un desierto de felicidad del que no podía escapar. Su inmensidad superaba mi imaginación y más aún, mi voluntad. 

Y fue entonces cuando Roberto murió. Él había cuidado de mi, pero ya nadie más lo haría, nadie más querría a este hombre de hojalata. Decidí escribir esta carta. Que no pretende ser ni un testamento, ni un adiós, simplemente una corta biografía de quien no tuvo vida. 

Nací con un corazón mecánico al que se debe dar cuerda para que siga latiendo cada día. Pero no alcanzo a hacerlo yo solo. La naturaleza no me dio brazos tan largos, ni la medicina un corazón a mi medida. Debo de ir dándome prisa, pues pronto mi tiempo se agotara. Frente a esta mesa y en completa soledad, quisiera dejar constancia de mis últimos pensamientos. No espero qqqqaxzz


4º Concurso "Arma una historia basada en una imagen" - Círculo de escritores
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