Nube negra

La oscuridad se cernía sobre mi. Su textura era como de algodón  regado con dulce caramelo, sin embargo, olía a humedad rancia. Su opacidad me envolvía, apenas si me atrevía a mirarla. La primera vez que apareció, creí ver unos pequeños ojos, que brillaban con el fulgor de un sol entre tanta negrura.
Pero como iba a ser aquello verdad. ¿Dónde se había visto una nube así? Solamente en los cuentos. Pero yo ya no podía creer en los cuentos, yo ya no era una niña, me repetía a mi misma para ahuyentar estos pensamientos.

No obstante, allí estaba aquella nube inmensa, que parecía querer acunarme o despedazarme, según se le antojase en cada  momento. ¿Por qué nadie más era capaz de verla? Aquello me atemorizaba más que la propia nube. ¿Estaba volviéndome loca? Mis padres siempre me dijeron que dejara de imaginar. Que inventarme historias no era buen camino en la vida. Pero, si mi vida había sido siempre imaginar, ¿qué sería de mi ahora?

Levanté mi vista al cielo, quise ver la nube, sin imaginación, no había ya nada valioso que pudieran arrebatarme. Así que corrí el riesgo y miré.

Y me sorprendí por la belleza de aquella nube. Su forma era la de un animal de elegante porte y esbeltas patas. Sus crines grises se deslizaban por todo su lomo hasta alcanzar la tierra. Era tan bello como desconocido, pues nunca había visto ningún animal con esa apariencia. Entonces se inclinó, y con un susurro casi inaudible, me invito a cabalgar con él hasta el inalcanzable horizonte.



3º Concurso "Arma una historia basada en una imagen" - Círculo de escritores

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