Mi obra


El color púrpura impregnaba la tierra bajo mis pies. El vital fluido se filtraba a través de las  grietas aradas con el cuchillo, que con tanta habilidad me jactaba de manejar. Me alejé unos pasos, andando de espaldas, para contemplar "mi obra" en su totalidad. Quise hacerlo desde la perspectiva de un extraño, no de su autor. Sabía que era difícil abstraerse, pero quería que el impacto causado en el público fuera colosal. No cabía la autocomplacencia en este momento. Este era el culmen a todo mi aprendizaje. Hoy me daría a conocer al mundo. Ellos debían conocer al sumo sacerdote del mal.

Me detuve al llegar a lo alto de un pequeño montículo, habría caminado un centenar de pasos. Siempre con la vista puesta en "mi obra". Me tenía cautivado, notaba su influjo penetrando mi alma, apoderándose de ella. Era una sensación embriagadora, cada vez más cercana al éxtasis.

Ya casi no era dueño de mis actos, sin duda "mi obra" había sido elaborada a la perfección. Mi cuerpo dejó de responderme. Me veía a mi mismo realizando extraños movimientos, una especie de desenfrenado e incontrolable baile que no podía detener. 

El baile terminó convirtiéndose en una carrera montículo abajo. Mi boca no emitió ni un solo sonido, pero mi cerebro quedó sordo por mis gritos de pánico. Aquella carrera me llevaba directamente al centro de "mi obra", justo donde se encontraba la única estaca desocupada. 


1º Concurso "El morador de las tinieblas" - Círculo de escritores

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