Reflejos del ayer

Me senté, como cada día, en el borde de la acera. Tenía que esperar a aquel hombre de anchas espaldas y gorra calada hasta las orejas. Lo llevaba observando ya varias semanas y no conseguía apartar la mirada de él cuando pasaba. No sabría decir si era por sus andares, por sus prisas o por su gorra desgastada. Ante su presencia, yo me convertía en una polilla que intentaba penetrar al interior de la lámpara.

Solo había dos cosas inmutables. Una era su gorra de lana, de colores oscuros, punto grueso y envejecida por el uso. La otra, su prisa eterna. Diríase, que su vida era una carrera de galgos. Y que perseguía una liebre sin llegar nunca a alcanzarla. Yo, quedaba absorto ante aquel usual espectáculo. Incluso conmovido. Pero no osaba a acercarme. Cuando por fin despabilaba, ya era tarde. Se encontraba al otro lado de la calle. La multitud lo custodiaba. Todavía conseguía distinguir por unos instantes su gorra. Que ahora, vista desde lejos, era como un faro para mis ojos en ese mar de cabezas descubiertas.

Cada día, me prometía a mí mismo, que me acercaría a él al día siguiente. Me armaría de valor y le abordaría en la acera. ¿Pero qué le iba a decir?. Me interpelaba a mí mismo una y otra vez. Ya se me ocurriría algo, siempre he sido muy ingenioso, pensaba con poco convencimiento. Pero no con él. No cuando él estaba presente. Mi mente se quedaba en blanco y solo podía mirarle. ¿Quién era ese hombre? ¿Por qué tenía tanta prisa siempre? ¿Por qué no podía dejar de mirarle?

A veces, me imaginaba a mí mismo siguiéndolo hasta su casa. Asediandole en su portal, exigiendole respuestas a preguntas que ni siquiera yo tenía claras. Presionándole hasta que confesara como lo hacía, que fin perseguía. Pero nuestros distantes encuentros se sucedían, y nada cambiaba. Ni su gorra de lana, ni sus prisas, ni la ineludible fijación de mi mirada.

Una vez más lo vi pasar junto a mí. Esta vez, hice el sobrehumano esfuerzo de mantenerme de pie. Las piernas me temblaban y tuve que asirme a una farola, pero conseguí no caerme. Creo que eso le sorprendió. Durante semanas me había visto siempre sentado en la acera. Entonces, giró la cabeza, tan solo un segundo. Yo permanecía petrificado, apenas si podía sostenerme. Pero aun en ese estado pude fijarme en su cara. Sonrió mientras me guiñaba un ojo. Luego, volvió a mirar al frente, y siguió andando tan deprisa como lo había hecho siempre.

Me desplomé sobre la acera, con la respiración alterada. Alguna lágrima contenida resbaló por mi mejilla. Apoyé los codos sobre las rodillas y puse ambas manos sobre el gorro de lana de color azul y rojo que me regalara mi padre antes de morir. Había reconocido a aquel hombre a pesar de sus arrugas. Había reconocido mi propia cara.

* * * * * * *

Juro por Dios que lo intenté. Han sido tantas ya las tentativas. Tan cerca he estado de conseguirlo. Tan ingrato ha sido el desenlace. Tan grande es mi pesar. Ya no puedo soportarlo más. No sé si alguien leerá alguna vez mi historia, o si leyéndola, será tomada por cierta, o solo por los delirios de un loco.

Ya queda muy lejos aquel día, pero todavía recuerdo la sensación que causó en mi. Me abandonaron las fuerzas, caí al suelo y quedé sentado en la acera mientras tocaba con mis manos el mismo gorro de lana que vestía aquel hombre, que no otro sino mi Yo adulto. Todavía podía sentir el tacto de la lana del gorro recién estrenado en las yemas de los dedos. Cuando mi padre me lo regaló, no me gustó mucho en realidad. Lo dejé guardado en un cajón del armario y allí quedó, aparcado durante un par de meses. ¿Quién iba a pensar entonces lo importante que iba a ser para mí?.
Cuando mi padre murió, pensé en el gorro, fue como un impulso. En un arrebato de furia y tristeza, corrí hasta el armario, cogí el gorro y me lo puse, mientras tanto, entre sollozos, juraba que nunca más me lo quitaría. Le tomé un cariño especial, pues había sido el último regalo que me hizo.

Al día siguiente, me fijé en un hombre que pasaba por la calle. Había algo en el que reclamaba mi atención, nunca supe decir que era. Pero ejercía sobre mí una atracción hipnótica. Un día, por fin, conseguí verle la cara. Mi sorpresa fue mayúscula. La cara de aquel hombre era mi propia cara envejecida por el paso del tiempo. Mi vida estuvo marcada por aquel encuentro. En primer lugar, llevé hasta las últimas consecuencias mi promesa de no quitarme nunca más el gorro de mi padre. En segundo lugar, se despertó en mi un interés exacerbado por el ocultismo. Fuera lo que fuera aquella aparición, no podía tratarse de otra cosa más que de algo sobrenatural. Leí muchísima literatura al respecto, me formé con los mejores expertos e incluso participe en un sin fin de veladas organizadas por mediums, astrólogos y demás gente del negocio, como terminé por llamarles.

En su mayoría eran embaucadores y timadores, que jugaban con las esperanzas de la gente para obtener un beneficio personal. Pero, sin embargo, mi experiencia no había sido un fraude, ¡no podía haberlo sido! Hubo un punto en el que comencé a dudar de mi mismo. Quizá aquel encuentro había sido tan solo una alucinación, había transcurrido tanto tiempo ya… Por aquel, tiempo estaba acercándome a la edad con la que murió mi padre. Como he dicho, el siempre estuvo presente. No sé exactamente como, pero poco a poco, apareció en escena un temor exacerbado a mi propia muerte. El miedo a morir se acrecentaba día a día. Terminé por convertirme en un paranoico.

Esta vez, no visité astrólogos ni mediums. La consulta del doctor Stein, fue mi refugio durante aquel periodo de tiempo. Hipnosis, medicación, incluso electroshocks fueron algunas de las terapias a las que me sometí. Nada de todo aquello funcionó. Mi conducta empeoraba más si cabe. Comencé a perder el conocimiento repentinamente durante periodos prolongados de tiempo. La frecuencia de estos episodios iba en aumento. No me atrevía a salir de casa, porque los vahídos, podían llegar en cualquier momento y temía que un desfallecimiento en un momento inoportuno pudiera terminar con mi vida. Pasaba los días en la cama, y en los momentos en que mantenía la conciencia, solo pensaba en mi muerte y en aquel día cuando era niño.

Finalmente, entre delirios, llegó el tan temido día. Si muriese con la misma edad que mi padre, lo cual, dado mi estado físico, parecía que iba a cumplirse, moriría al día siguiente. El pánico se adueñó de mi. Perdía y recuperaba la consciencia de manera intermitente, creyendo que la próxima vez que perdiera el sentido, sería la última. Pasadas las once de la noche, me exigí un esfuerzo y me levanté de la cama. Quedé en pie delante del espejo, mirándome con aire deprimido. Mi cara estaba envejecida, las arrugas me cortaban el rostro en todas direcciones. Ese era precisamente el aspecto que tenía cuando me vi pasar junto a la acera treinta años atrás. Volví a caer inconsciente mientras el recuerdo de mi infancia y el temor a la inminente muerte se entrecruzaban en mi cabeza. Desperté tendido en el suelo. Me incorporé y miré alrededor. Nada parecía haber cambiado, nada excepto yo. Todo aquello que me había atormentado durante tanto tiempo. El temor a la muerte, la visión de mi mismo en la acera, habían desaparecido.

Salí de mi casa y me dirigí en dirección a la biblioteca. Mi paso era rápido, la urgencia se apoderaba de mi. Tenía que cumplir un objetivo, debía salvar a mi padre. No podría explicar cómo, pero era consciente de que tenía una oportunidad de salvarle la vida. Podía evitar el accidente que me separó de él para siempre.

Volví la cabeza hacia la izquierda, no sabría decir muy bien porque, creo que algo llamó mi atención. Allí estaba yo, de pie, junto a una farola, temblando como si acabara de ver un fantasma. No pude evitar sonreír y guiñar un ojo mientras me alejaba calle arriba.

Desde aquel fatídico día, vivo enclaustrado en esta vida. Condenado a repetir una rutina que no puedo eludir. Despierto, salgo de casa, ando hasta la biblioteca e intento evitar el accidente. Pero hoy no. Hoy he sacado fuerzas para terminar con este infierno. No habrá más frustración, ni prisas, ni preocupaciones. No sé cuantas veces lo he intentado, ni cuantas veces he visto morir a mi padre a escasos pasos de mi, ni cuantas veces he visto a ese niño, que tembloroso me espera junto a la acera. Pero sé que no habrá una próxima vez.
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