Whendel

Un día, sin más, apareció en mi habitación. Era bajito, de tez rojiza y nariz aguileña. Vestía alegres colores, pantalones verdes, un chaleco rojo y una camisa amarilla de lino muy ancha para su talla. Decidí llamarle Whendel.

Al principio, no pude verlo. Solo oía sus pasos y sus risas, el suelo crujía con sus pequeños saltos. Yo intentaba adivinar de donde provenían. Recorría con la mirada la habitación, pero él, esquivo, la evitaba.
Con el paso de los días, se convirtió en un desafío. Comencé por cerrar la puerta en cuanto me percataba de su presencia para mantenerlo encerrado. Rebuscaba en los cajones, debajo de la cama. Incluso llegué a esconderme dentro del armario para sorprenderlo en cuanto entrara. Más tarde pasé a mayores. Coloque trampas por toda la estancia, incluso puse comida como reclamo.

Todo fue inútil. Nunca apareció mientras lo buscaba, simplemente, me acostumbré a oír sus burlas despiadadas. Para él, yo no era más que un juguete, un entretenimiento, alguien más de quien mofarse.

Decidí ignorarlo, apartarlo de mi cabeza, y poco a poco, fue surtiendo efecto. Ya casi no era consciente de su presencia, ya casi podía pensar sin que me interrumpiera. Pero un día por la mañana, abrí los ojos y allí estaba. Tumbado sobre mi estómago y con una estúpida sonrisa en la cara. No salía de mi asombro. Alargué la mano hacia él, hasta tocarle la mejilla. Cuando lo hice, exhaló una carcajada.

Lo así de la mano y bajé corriendo las escaleras. Mientras tanto, vociferaba como un loco llamando a mis padres. Por fin reconocerán que tengo razón, que Whendel existe pensaba mientras corría. Me presente ante ellos con cara de satisfacción, levantando a Whendel en el aire como a un trofeo de caza. Mis padres me contemplaban con lágrimas en los ojos. Se sentían orgullosos de mi.


Un par de días más tarde, llegaron unos médicos a casa. Me trajeron a esta habitación acolchada. Y desde entonces, aquí vivo, con Whendel como único amigo.
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